Libro de cuentos de Eduardo Abel Gimenez

Cuatro amigos se reúnen a contarse cuentos del fin del mundo; en una extraña guerra, el violín de Vivaldi es un arma temible; el secreto de la inmortalidad se revela en una llamada telefónica. Los temas de la ciencia ficción clásica vuelven en La Ciudad de las Nubes, reformulados para este siglo: viajes espaciales y por el tiempo, robots, poderes mentales, universos paralelos, visitas de extraterrestres, el ciberpunk y mucho más.

Mención en los Premios Nacionales de Cultura.

ISBN 978-987-47294-6-0

88 páginas

"Todos los cuentos son diferentes y todos igual de sólidos. Eduardo Abel Gimenez no decepciona y sorprende con cada palabra, en cada párrafo, al demostrar que puede construir, de forma magistral, un mundo nuevo, alterno, similar pero diferente, en tan sólo un par de páginas. Una obra entretenida - y perfecta para ir leyendo en viajes en colectivo o subte - que deja una huella en la ciencia ficción argentina y que es ideal para los amantes del género". (Marina Novello, en el blog Obras Citadas).

Eduardo Abel Gimenez nació en 1954. Publicó unos veinte libros, incluyendo novelas (El fondo del pozo, Vania y los planetas, Un paseo por Camarjali, Quiero escapar de Brigitte, Monstruos por el borde del mundo y otras), cuentos (La Ciudad de las Nubes, Cuentos de otros mundos, etc.), poesía (Justo cuando, Tus ojos, Como agua). Fue premiado seis veces por Alija. Dirigió la revista online Imaginaria.com.ar. Desde 2002 mantiene el blog Magicaweb.com.

Este es el primero de los cuentos del libro:

La tertulia del fin del mundo

Una vez por mes nos reunimos en casa para intercambiar cuentos sobre el fin del mundo. Candice, Gómez y Lucinda llegan de a uno a mitad de la tarde y se van acomodando en torno a la mesa del living. Cuando estamos todos, sirvo té y tostadas con una variedad de dulces.

Empieza Candice.

—El asteroide se acercaba a la Tierra a gran velocidad, mientras trataban de apuntarle con misiles. No había tiempo para calcular bien, así que el primer misil falló. El segundo, en cambio, explotó lo bastante cerca del asteroide como para cambiarle el rumbo. Lo malo —y a Candice se le escapa una sonrisa— es que antes de la explosión el asteroide iba a dar en el Pacífico, pero después apuntó directo a Europa. ¡Y no quedaban más misiles!

Cada uno tiene un tema favorito, tanto como un dulce favorito. A Candice le gustan el dulce de higo y los relatos con asteroides que chocan contra la Tierra, aunque a veces cambia por el dulce de naranja y las invasiones extraterrestres. Sus cuentos, como los de todos, son mucho más largos que las pocas palabras de mi resumen. Están llenos de héroes que transpiran y gente que corre de acá para allá. Aunque terminen siempre mal, la esperanza dura casi hasta último momento.

Cuando termina el relato de Candice le toca el turno a Gómez.

—Fue una bomba de más —empieza Gómez—. ¿Oyeron hablar de la carga que puede soportar el medio ambiente? El aire, el agua, y la vida en general tienen cierta capacidad de regeneración. Cuando la destrucción es más rápida que esa regeneración, cuando la carga máxima se supera, ¡puf! —Gómez levanta las cejas y hace un gesto con las manos que parece una explosión lenta—. Así que, después de muchas bombas, alcanzaba con esa única bomba de más para que el planeta entero descarrilara.

Gómez se desvive por el dulce de tomate y el de limón, tanto como le divierten unas novelas de cambio climático que leyó hace tiempo, y cualquier variante de guerra nuclear. Tengo que decir que nos aburre un poco Gómez, sobre todo cuando entra en explicaciones técnicas y lo suyo deja de ser cuento para convertirse en geología o biología. Habla de cosas con demasiado razonamiento por detrás, demasiada información, y casi siempre parece querer dejarnos alguna enseñanza. ¡Justamente a nosotros!

Termina Gómez, traigo más tostadas, llega el turno de Lucinda.

—La primera en caer fue Nueva York —dice Lucinda—. El mundo enloqueció. Imagínense una ciudad entera, una gran ciudad, que se hunde cien metros en la tierra sin aviso previo. Nadie lo esperaba, como nadie esperaba las siguientes caídas, de Buenos Aires, Bangkok, Frankfurt... El peso, la vibración, la energía disipada en las ciudades generaron fallas en las profundidades de la Tierra, y todas colapsaron al mismo tiempo. Claro que no quedó un solo científico —y Lucinda mira a Gómez de reojo— que supiera cómo investigar el tema.

Lucinda prefiere los dulces de frutos rojos, mientras recuerda terremotos, monstruos marinos, tormentas prodigiosas y toda clase de sorpresas preparadas por nuestro planeta. Nos apasionan las historias que trae Lucinda, porque están en la frontera entre la ciencia y la magia. A través de su falta de explicaciones, Lucinda quiere convencernos de que todo es científicamente posible, aunque sabe que no es así. Nosotros también sabemos que no es así, y esa es la gracia.

Después de Lucinda viene mi turno.

—Fue un trastorno de la vista —digo—. Primero cambiaban los colores. El verde se hacía amarillo, el azul se hacía rojo. Nadie entendía que toda la humanidad pudiera contagiarse algo tan insólito, cuando no había causa ni modo de transmisión conocidos. Pero aún no parecía el fin del mundo. Entonces empezaron a cambiar las formas. Los ángulos se hicieron curvas, y a las curvas les aparecieron ángulos. Las personas ya no podían ni siquiera reconocerse unas a otras. Lo último fue el movimiento. Imaginen que algo, de diferente color y diferente forma, además se mueva cuando no debe.

A mí me obsesionan el dulce de zapallo y las enfermedades, naturales o creadas en laboratorio. No busco ser creíble, ni contar cosas tremendas. Por decirlo de alguna forma, lo mío es construir catástrofes blandas. Ignoro qué opinan los demás de mis narraciones: veo que se ríen cuando deben reírse, y aplauden al final. Tal vez son demasiado corteses. Tal vez les gustan demasiado los dulces.

Lo de los dulces fue pura suerte. Hace un tiempo fui al supermercado que está a un par de cuadras de acá, y en el depósito quedaban cajas y cajas de frascos. Las traje una por una. No van a durar para siempre, pero nosotros tampoco.

Todos aportamos algo para las tertulias. El té fue un hallazgo de Lucinda, en el almacén de su barrio, detrás de una puerta que por algún motivo estuvo cerrada durante años. No sé cómo hizo para abrirla. El aporte de Candice fue un camión lleno de harina. Todavía hay para hacer pan durante mucho tiempo, sobre todo porque soy el único que tiene horno y leña.

Gómez apareció una vez con azúcar, y nos dejó a todos con la boca abierta por la sorpresa. El azúcar ya se acabó. Sé que Gómez está preocupado al respecto, y que le gustaría traer algo más, pero cada día se hace menos probable repetir estos descubrimientos. Es increíble cuánto comen las ratas. Y cuántas ratas hay.

Las provisiones podrán terminarse, y la verdad es que ya nos faltan cosas peores que el dulce de cereza. Pero hay tantos relatos sobre el fin del mundo que podríamos seguir reuniéndonos para contarlos una vez por mes durante quinientos años, sin repetir ninguno Y lo más gracioso es que todos son falsos.

Así pasamos el resto de la tarde. Y antes de que se ponga el sol nos despedimos en la puerta, últimos seres humanos a un paso del desierto.

La Ciudad de las Nubes

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Libro de cuentos de Eduardo Abel Gimenez

Cuatro amigos se reúnen a contarse cuentos del fin del mundo; en una extraña guerra, el violín de Vivaldi es un arma temible; el secreto de la inmortalidad se revela en una llamada telefónica. Los temas de la ciencia ficción clásica vuelven en La Ciudad de las Nubes, reformulados para este siglo: viajes espaciales y por el tiempo, robots, poderes mentales, universos paralelos, visitas de extraterrestres, el ciberpunk y mucho más.

Mención en los Premios Nacionales de Cultura.

ISBN 978-987-47294-6-0

88 páginas

"Todos los cuentos son diferentes y todos igual de sólidos. Eduardo Abel Gimenez no decepciona y sorprende con cada palabra, en cada párrafo, al demostrar que puede construir, de forma magistral, un mundo nuevo, alterno, similar pero diferente, en tan sólo un par de páginas. Una obra entretenida - y perfecta para ir leyendo en viajes en colectivo o subte - que deja una huella en la ciencia ficción argentina y que es ideal para los amantes del género". (Marina Novello, en el blog Obras Citadas).

Eduardo Abel Gimenez nació en 1954. Publicó unos veinte libros, incluyendo novelas (El fondo del pozo, Vania y los planetas, Un paseo por Camarjali, Quiero escapar de Brigitte, Monstruos por el borde del mundo y otras), cuentos (La Ciudad de las Nubes, Cuentos de otros mundos, etc.), poesía (Justo cuando, Tus ojos, Como agua). Fue premiado seis veces por Alija. Dirigió la revista online Imaginaria.com.ar. Desde 2002 mantiene el blog Magicaweb.com.

Este es el primero de los cuentos del libro:

La tertulia del fin del mundo

Una vez por mes nos reunimos en casa para intercambiar cuentos sobre el fin del mundo. Candice, Gómez y Lucinda llegan de a uno a mitad de la tarde y se van acomodando en torno a la mesa del living. Cuando estamos todos, sirvo té y tostadas con una variedad de dulces.

Empieza Candice.

—El asteroide se acercaba a la Tierra a gran velocidad, mientras trataban de apuntarle con misiles. No había tiempo para calcular bien, así que el primer misil falló. El segundo, en cambio, explotó lo bastante cerca del asteroide como para cambiarle el rumbo. Lo malo —y a Candice se le escapa una sonrisa— es que antes de la explosión el asteroide iba a dar en el Pacífico, pero después apuntó directo a Europa. ¡Y no quedaban más misiles!

Cada uno tiene un tema favorito, tanto como un dulce favorito. A Candice le gustan el dulce de higo y los relatos con asteroides que chocan contra la Tierra, aunque a veces cambia por el dulce de naranja y las invasiones extraterrestres. Sus cuentos, como los de todos, son mucho más largos que las pocas palabras de mi resumen. Están llenos de héroes que transpiran y gente que corre de acá para allá. Aunque terminen siempre mal, la esperanza dura casi hasta último momento.

Cuando termina el relato de Candice le toca el turno a Gómez.

—Fue una bomba de más —empieza Gómez—. ¿Oyeron hablar de la carga que puede soportar el medio ambiente? El aire, el agua, y la vida en general tienen cierta capacidad de regeneración. Cuando la destrucción es más rápida que esa regeneración, cuando la carga máxima se supera, ¡puf! —Gómez levanta las cejas y hace un gesto con las manos que parece una explosión lenta—. Así que, después de muchas bombas, alcanzaba con esa única bomba de más para que el planeta entero descarrilara.

Gómez se desvive por el dulce de tomate y el de limón, tanto como le divierten unas novelas de cambio climático que leyó hace tiempo, y cualquier variante de guerra nuclear. Tengo que decir que nos aburre un poco Gómez, sobre todo cuando entra en explicaciones técnicas y lo suyo deja de ser cuento para convertirse en geología o biología. Habla de cosas con demasiado razonamiento por detrás, demasiada información, y casi siempre parece querer dejarnos alguna enseñanza. ¡Justamente a nosotros!

Termina Gómez, traigo más tostadas, llega el turno de Lucinda.

—La primera en caer fue Nueva York —dice Lucinda—. El mundo enloqueció. Imagínense una ciudad entera, una gran ciudad, que se hunde cien metros en la tierra sin aviso previo. Nadie lo esperaba, como nadie esperaba las siguientes caídas, de Buenos Aires, Bangkok, Frankfurt... El peso, la vibración, la energía disipada en las ciudades generaron fallas en las profundidades de la Tierra, y todas colapsaron al mismo tiempo. Claro que no quedó un solo científico —y Lucinda mira a Gómez de reojo— que supiera cómo investigar el tema.

Lucinda prefiere los dulces de frutos rojos, mientras recuerda terremotos, monstruos marinos, tormentas prodigiosas y toda clase de sorpresas preparadas por nuestro planeta. Nos apasionan las historias que trae Lucinda, porque están en la frontera entre la ciencia y la magia. A través de su falta de explicaciones, Lucinda quiere convencernos de que todo es científicamente posible, aunque sabe que no es así. Nosotros también sabemos que no es así, y esa es la gracia.

Después de Lucinda viene mi turno.

—Fue un trastorno de la vista —digo—. Primero cambiaban los colores. El verde se hacía amarillo, el azul se hacía rojo. Nadie entendía que toda la humanidad pudiera contagiarse algo tan insólito, cuando no había causa ni modo de transmisión conocidos. Pero aún no parecía el fin del mundo. Entonces empezaron a cambiar las formas. Los ángulos se hicieron curvas, y a las curvas les aparecieron ángulos. Las personas ya no podían ni siquiera reconocerse unas a otras. Lo último fue el movimiento. Imaginen que algo, de diferente color y diferente forma, además se mueva cuando no debe.

A mí me obsesionan el dulce de zapallo y las enfermedades, naturales o creadas en laboratorio. No busco ser creíble, ni contar cosas tremendas. Por decirlo de alguna forma, lo mío es construir catástrofes blandas. Ignoro qué opinan los demás de mis narraciones: veo que se ríen cuando deben reírse, y aplauden al final. Tal vez son demasiado corteses. Tal vez les gustan demasiado los dulces.

Lo de los dulces fue pura suerte. Hace un tiempo fui al supermercado que está a un par de cuadras de acá, y en el depósito quedaban cajas y cajas de frascos. Las traje una por una. No van a durar para siempre, pero nosotros tampoco.

Todos aportamos algo para las tertulias. El té fue un hallazgo de Lucinda, en el almacén de su barrio, detrás de una puerta que por algún motivo estuvo cerrada durante años. No sé cómo hizo para abrirla. El aporte de Candice fue un camión lleno de harina. Todavía hay para hacer pan durante mucho tiempo, sobre todo porque soy el único que tiene horno y leña.

Gómez apareció una vez con azúcar, y nos dejó a todos con la boca abierta por la sorpresa. El azúcar ya se acabó. Sé que Gómez está preocupado al respecto, y que le gustaría traer algo más, pero cada día se hace menos probable repetir estos descubrimientos. Es increíble cuánto comen las ratas. Y cuántas ratas hay.

Las provisiones podrán terminarse, y la verdad es que ya nos faltan cosas peores que el dulce de cereza. Pero hay tantos relatos sobre el fin del mundo que podríamos seguir reuniéndonos para contarlos una vez por mes durante quinientos años, sin repetir ninguno Y lo más gracioso es que todos son falsos.

Así pasamos el resto de la tarde. Y antes de que se ponga el sol nos despedimos en la puerta, últimos seres humanos a un paso del desierto.

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