Novela de Eduardo Abel Gimenez

Segundo premio del Fondo Nacional de las Artes.

“La mujer de la terraza había quedado en la terraza, y tal vez no fuera posible encontrarla en otro sitio, reconocerla, huir de ella como había huido antes”.

El día empieza con un hallazgo que perturba. A partir de ese momento, cada paso es una lucha entre el deseo y lo posible, mientras los recuerdos hacen fila para volver ennegrecidos.

ISBN 978-987-47294-1-5

140 páginas

Eduardo Abel Gimenez nació en 1954. Publicó unos veinte libros, incluyendo novelas (El fondo del pozo, Vania y los planetas, Quiero escapar de Brigitte y varias más), cuentos (La Ciudad de las Nubes, Cuentos de otros mundos, etc.), poesía (Justo cuando, Tus ojos, Como agua). Recibió una mención en los Premios Nacionales de Cultura. Fue premiado seis veces por Alija. Dirigió la revista online Imaginaria.com.ar. Desde 2002 mantiene el blog Magicaweb.com.

Entrevistas con el autor por la publicación de esta novela: diario La Nación, portal InfoBae, diario La Mañana (Córdoba), blog Evaristo Cultural.

Este es el primer capítulo, de un total de doce:

1

Me despertó la combinación habitual de ruidos de la calle y molestias en el cuerpo. El mundo hacía fuerza para entrar por la ventana cerrada, atravesando persiana, vidrio, cortinas; era grande el mundo, era importante, me envolvía como una bolsa de plástico y me impedía respirar. O no, tal vez fuese mi propio cuerpo: la cabeza, el cuello, los hombros, la espalda, la cintura, el pecho, las muñecas, que reclamaban un cambio de postura. Nada era fácil. Un dolor y el zarpazo de un auto que pasaba se reunían en la misma punzada de infelicidad. Todo mezclado, el adentro y el afuera. Estaba en la telaraña del comienzo de un día, el pago por no haber dormido bien, solo en la cama de dos plazas, a punto de abrir los ojos.

El policía de enfrente tocó el silbato: un puntapié largo, una bota clavada en el cerebro. Trataba de impedir que alguien estacionara frente a la casa vecina a la comisaría. Junté coraje y me di vuelta, para reducir el dolor de espalda. El primer movimiento del día.

Y el último de la noche: tuve aún un sueño a medias, un sueño casi deliberado en el que subía en ascensor con un hombre de flequillo. Los dos íbamos al mismo piso. Ya en mi piso, casi a oscuras, el hombre sacaba un revólver para apuntarme y me obligaba a abrir la puerta del departamento. Mientras esto ocurría, yo meditaba sobre el sueño: calculaba si un ladrón podía actuar de ese modo, o si lo que estaba inventando era imposible. Pero el ladrón no me daba tiempo para llegar a una conclusión; desconectaba la computadora, se la ponía bajo el brazo, me obligaba a agarrar el monitor y allá íbamos los dos, otra vez al ascensor, cuesta abajo.

El ladrón tenía una camioneta en la puerta; la computadora y el monitor ya estaban adentro, pero el portero no aparecía para salvarme. Solo me quedaba aprovechar algún descuido del hombre de flequillo y esconderme atrás de un auto, a la vista de la comisaría. Un grito dirigido al policía que enseñaba las artes del buen estacionar: “Me roban. Ahí. El de la camioneta”. Disparos. El policía cayendo al suelo. Vidrios rotos. El ladrón tendido en la calle.

Moví las manos en abanico hasta que las muñecas crujieron y la tensión bajó. La cintura estaba disconforme con la nueva posición.

A pesar de lo avanzado del otoño, hacía calor. La colcha había ido a parar a los pies de la cama, para hacerles compañía a la frazada y la cera sin lustrar del último miércoles. Como de costumbre, probé la voz:

—Ah.

Y de nuevo, más fuerte:

—Ah.

Bien o mal, las cosas tomaban forma. Ahora sí, faltaba abrir los ojos para crear el mundo. La excusa era mirar la hora: que necesitara saberla ya implicaba un punto sin retorno. Abrí los ojos, entonces, orientando el brazo para que la claridad que atravesaba la persiana iluminara el cuadrante del reloj. Las nueve y media. Me iba a comprar un despertador. Pero primero debía ir a trabajar y resolver toda clase de problemas que la mañana me traía.

Los ojos quedaron abiertos. Me puse boca arriba y torcí la cabeza hacia la derecha, un poco para aliviar el dolor del cuello y otro poco para medir la distancia al velador, al atado de cigarrillos y al cenicero. Me llamó la atención un papel tamaño esquela, pinchado con un alfiler en la puerta del placard. Tenía algo escrito.

Aún no estaba del todo lúcido, así que hice las cosas de manera complicada: manteniendo los pies bien anclados en las sábanas, moví la cabeza y los hombros fuera de la cama, apoyé la mano derecha en el piso y me estiré en dirección al placard. Exageraba los movimientos para sacar los músculos del pantano; ellos no se habían despertado. Sentí crujidos, acomodamientos repentinos, alivios y protestas, todo en mi interior. Pero pensaba más en el papel. Y en la ola de temor que había tratado de imitar soñando con el ladrón, sin conseguirlo, pero que ahora se me instalaba alegremente en el pecho. La nota decía:

JUICIO A LAS DIEZ

Volví a mirar la hora. Las nueve y treinta y dos.

—Queda poco tiempo —pensé. Y enseguida—: ¿Poco tiempo para qué?

Me acomodé en la cama. Puse la otra almohada encima de la mía, me alcé un poco y apoyé la cabeza en posición de pensar. Empezaba a tener reacciones más diurnas que nocturnas, más de estar consciente que de seguir durmiendo. Pero la nota complicaba todo, impedía el desarrollo lento y ascendente de ese nuevo bienestar que finalmente me llevaría a levantarme y empezar de veras el día.

Estaba escrita a mano, con la letra desprolija de un diestro que escribe con la izquierda para disimular su identidad. Tenía varios agujeros en la parte superior, como si hubiera sido difícil pinchar el alfiler en la madera. El señor Spock habría dicho que no era lógico. Yo no esperaba ningún juicio, y menos a las diez.

Olvidé el primer cigarrillo del día, y con el cigarrillo otras rutinas previas a la puesta en marcha. Me levanté antes de lo acostumbrado, poniéndome un short y pantuflas, moviéndome con una torpeza diferente de la habitual, frotándome un ojo por vez para mantener el otro en guardia. Me sostuve en puertas y paredes y entré al baño.

Los ruidos de la calle me siguieron sin ganas.

El espejo del botiquín estaba en uno de sus días amables, de modo que lo miré un rato. Después fui a buscar los cigarrillos y los anteojos a la mesa de luz, dándole la espalda a la nota del placard; levanté la persiana del dormitorio y la persiana del living; tosí dos veces; recogí el diario, que el portero pasaba todos los días por debajo de la puerta. Solo quedaba la nota para estorbar mi reingreso al planeta de los demás.

Y la caja de cartón azul, en el escritorio de la computadora.

La jarra de café amenazaba con un líquido de cierta edad, así que la ignoré. Me serví un vaso de agua, agarré el paquete de bizcochos, dejé ambas cosas en la mesa del living, junto al diario, y saqué de la heladera el frasco de mermelada de naranja. Me atraía más el atado de cigarrillos, pero resolví hacer un esfuerzo por no fumar antes del desayuno. Respiré todo lo hondo que pude y sonreí, recordando lo que había leído una vez: reír sin motivo, a propósito, ayuda a mejorar el ánimo.

Sobre la mesa había un ejemplar de Clarín del 29 de febrero. Semanas después de su aparición, ese ejemplar seguía sobreviviendo. Me gustaba conservarlo: era igual a todos los otros números de Clarín, repetidos día a día sin mayores variantes, pero la vejez le daba un encanto especial: me divertía comprobar los contrastes en aumento entre la realidad de ese diario y el presente, visibles sobre todo en la sección meteorológica.

Como siempre, me tentó más la reliquia del 29 de febrero que el montón de papel recién procesado en la imprenta. Sentado ante el desayuno, estudié las noticias que conocía, las mismas que se habían repetido día a día, sobre mi mesa, descripciones de un mundo más monótono y a la vez más consistente. “Emotivo empate de Ríver con Español”, decía un titular, al pie de la primera plana: era uno de los pocos misterios que me quedaban por develar en ese ejemplar amarillento. Mientras comía un par de bizcochos ya untados con mermelada me entretuve leyendo la lista de farmacias de turno. Todo valía para no volver a pensar en la nota del placard, para olvidar la caja de cartón azul. Luego, por fin, encendí un cigarrillo.

Un movimiento involuntario del brazo consiguió que la luz diera de tal modo en el reloj que su reflejo me hirió los ojos. Óptica: materia compleja. Eran las diez y cinco. Había pasado la hora anunciada en la nota del placard, y yo sin darme cuenta. Pero hacía falta más para tranquilizarme: comprendí que la nota no se refería a las diez de la mañana, sino a las diez de la noche.

—Queda mucho tiempo —pensé. Y enseguida—: ¿Mucho tiempo para qué?

Fue en ese momento que decidí no ir a trabajar. La situación era lo bastante insólita como para llamarla emergencia. Tenía derecho a emplear el día en averiguaciones sobre la nota del placard, en prepararme para lo que fuera a ocurrir a las diez de la noche, en pensar otras cosas que las cosas artificiales y ajenas del trabajo. Sin embargo, el razonamiento que me llevó a decidirlo no anduvo por esos caminos, sino por otros más tortuosos: era demasiado temprano para ir a trabajar, pero yo tenía ganas de salir ya mismo del departamento, y no tenía sentido ir a trabajar a esa hora; entonces debía salir en otra dirección, con lo cual gastaría la única salida matinal que soportaban mis fuerzas; por lo tanto, no me quedaría ocasión de salir para ir a trabajar. En cuanto a las ganas de irme, se debían a una sensación creciente de que el departamento nos quedaba chico, a la nota y a mí; uno de los dos sobraba, y era yo quien necesitaba aire, era yo quien encontraba demasiado estrecho el sitio para tanta necesidad de explotar.

Dejé en el cenicero el cigarrillo encendido, cerré el diario del 29 de febrero, lo apilé sobre el nuevo y volví al dormitorio. Los restos del desayuno quedaron en la mesa, como signos de un pequeño combate. El mismo policía de antes sufrió otra vez el disparo de su reflejo condicionado y tocó silbato; alguien, a bordo de un auto, aprendió algo nuevo. En tanto, indiferente a todo, la construcción de enfrente, casi vecina a la comisaría, emitía martillazos y ruidos confusos, de radio mal sintonizada.

Me vestí sin mirar la nota del placard, eligiendo ropa no del todo limpia pero tampoco sucia, adecuada para faltar al trabajo. No pude evitar un roce con el alfiler cuando abrí la puerta corrediza para sacar una camisa, y un segundo roce al cerrarla. La nota se agitó con el movimiento, un aleteo en el borde de la percepción; me gustó someterla a ese tímido maltrato.

Como de costumbre, los dolores del despertar habían desaparecido. Quedaba apenas una molestia en la nuca, debida tal vez al cansancio de la vista y al hecho un poco absurdo de que el centro visual esté allá atrás, en la retaguardia del cerebro. Hice una inspección rápida por el departamento y dejé todo como estaba. Agarré los cigarrillos, me aseguré de tener los documentos conmigo y salí al balcón para observar el lado de afuera de las cosas.

Juicio a las diez

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Novela de Eduardo Abel Gimenez

Segundo premio del Fondo Nacional de las Artes.

“La mujer de la terraza había quedado en la terraza, y tal vez no fuera posible encontrarla en otro sitio, reconocerla, huir de ella como había huido antes”.

El día empieza con un hallazgo que perturba. A partir de ese momento, cada paso es una lucha entre el deseo y lo posible, mientras los recuerdos hacen fila para volver ennegrecidos.

ISBN 978-987-47294-1-5

140 páginas

Eduardo Abel Gimenez nació en 1954. Publicó unos veinte libros, incluyendo novelas (El fondo del pozo, Vania y los planetas, Quiero escapar de Brigitte y varias más), cuentos (La Ciudad de las Nubes, Cuentos de otros mundos, etc.), poesía (Justo cuando, Tus ojos, Como agua). Recibió una mención en los Premios Nacionales de Cultura. Fue premiado seis veces por Alija. Dirigió la revista online Imaginaria.com.ar. Desde 2002 mantiene el blog Magicaweb.com.

Entrevistas con el autor por la publicación de esta novela: diario La Nación, portal InfoBae, diario La Mañana (Córdoba), blog Evaristo Cultural.

Este es el primer capítulo, de un total de doce:

1

Me despertó la combinación habitual de ruidos de la calle y molestias en el cuerpo. El mundo hacía fuerza para entrar por la ventana cerrada, atravesando persiana, vidrio, cortinas; era grande el mundo, era importante, me envolvía como una bolsa de plástico y me impedía respirar. O no, tal vez fuese mi propio cuerpo: la cabeza, el cuello, los hombros, la espalda, la cintura, el pecho, las muñecas, que reclamaban un cambio de postura. Nada era fácil. Un dolor y el zarpazo de un auto que pasaba se reunían en la misma punzada de infelicidad. Todo mezclado, el adentro y el afuera. Estaba en la telaraña del comienzo de un día, el pago por no haber dormido bien, solo en la cama de dos plazas, a punto de abrir los ojos.

El policía de enfrente tocó el silbato: un puntapié largo, una bota clavada en el cerebro. Trataba de impedir que alguien estacionara frente a la casa vecina a la comisaría. Junté coraje y me di vuelta, para reducir el dolor de espalda. El primer movimiento del día.

Y el último de la noche: tuve aún un sueño a medias, un sueño casi deliberado en el que subía en ascensor con un hombre de flequillo. Los dos íbamos al mismo piso. Ya en mi piso, casi a oscuras, el hombre sacaba un revólver para apuntarme y me obligaba a abrir la puerta del departamento. Mientras esto ocurría, yo meditaba sobre el sueño: calculaba si un ladrón podía actuar de ese modo, o si lo que estaba inventando era imposible. Pero el ladrón no me daba tiempo para llegar a una conclusión; desconectaba la computadora, se la ponía bajo el brazo, me obligaba a agarrar el monitor y allá íbamos los dos, otra vez al ascensor, cuesta abajo.

El ladrón tenía una camioneta en la puerta; la computadora y el monitor ya estaban adentro, pero el portero no aparecía para salvarme. Solo me quedaba aprovechar algún descuido del hombre de flequillo y esconderme atrás de un auto, a la vista de la comisaría. Un grito dirigido al policía que enseñaba las artes del buen estacionar: “Me roban. Ahí. El de la camioneta”. Disparos. El policía cayendo al suelo. Vidrios rotos. El ladrón tendido en la calle.

Moví las manos en abanico hasta que las muñecas crujieron y la tensión bajó. La cintura estaba disconforme con la nueva posición.

A pesar de lo avanzado del otoño, hacía calor. La colcha había ido a parar a los pies de la cama, para hacerles compañía a la frazada y la cera sin lustrar del último miércoles. Como de costumbre, probé la voz:

—Ah.

Y de nuevo, más fuerte:

—Ah.

Bien o mal, las cosas tomaban forma. Ahora sí, faltaba abrir los ojos para crear el mundo. La excusa era mirar la hora: que necesitara saberla ya implicaba un punto sin retorno. Abrí los ojos, entonces, orientando el brazo para que la claridad que atravesaba la persiana iluminara el cuadrante del reloj. Las nueve y media. Me iba a comprar un despertador. Pero primero debía ir a trabajar y resolver toda clase de problemas que la mañana me traía.

Los ojos quedaron abiertos. Me puse boca arriba y torcí la cabeza hacia la derecha, un poco para aliviar el dolor del cuello y otro poco para medir la distancia al velador, al atado de cigarrillos y al cenicero. Me llamó la atención un papel tamaño esquela, pinchado con un alfiler en la puerta del placard. Tenía algo escrito.

Aún no estaba del todo lúcido, así que hice las cosas de manera complicada: manteniendo los pies bien anclados en las sábanas, moví la cabeza y los hombros fuera de la cama, apoyé la mano derecha en el piso y me estiré en dirección al placard. Exageraba los movimientos para sacar los músculos del pantano; ellos no se habían despertado. Sentí crujidos, acomodamientos repentinos, alivios y protestas, todo en mi interior. Pero pensaba más en el papel. Y en la ola de temor que había tratado de imitar soñando con el ladrón, sin conseguirlo, pero que ahora se me instalaba alegremente en el pecho. La nota decía:

JUICIO A LAS DIEZ

Volví a mirar la hora. Las nueve y treinta y dos.

—Queda poco tiempo —pensé. Y enseguida—: ¿Poco tiempo para qué?

Me acomodé en la cama. Puse la otra almohada encima de la mía, me alcé un poco y apoyé la cabeza en posición de pensar. Empezaba a tener reacciones más diurnas que nocturnas, más de estar consciente que de seguir durmiendo. Pero la nota complicaba todo, impedía el desarrollo lento y ascendente de ese nuevo bienestar que finalmente me llevaría a levantarme y empezar de veras el día.

Estaba escrita a mano, con la letra desprolija de un diestro que escribe con la izquierda para disimular su identidad. Tenía varios agujeros en la parte superior, como si hubiera sido difícil pinchar el alfiler en la madera. El señor Spock habría dicho que no era lógico. Yo no esperaba ningún juicio, y menos a las diez.

Olvidé el primer cigarrillo del día, y con el cigarrillo otras rutinas previas a la puesta en marcha. Me levanté antes de lo acostumbrado, poniéndome un short y pantuflas, moviéndome con una torpeza diferente de la habitual, frotándome un ojo por vez para mantener el otro en guardia. Me sostuve en puertas y paredes y entré al baño.

Los ruidos de la calle me siguieron sin ganas.

El espejo del botiquín estaba en uno de sus días amables, de modo que lo miré un rato. Después fui a buscar los cigarrillos y los anteojos a la mesa de luz, dándole la espalda a la nota del placard; levanté la persiana del dormitorio y la persiana del living; tosí dos veces; recogí el diario, que el portero pasaba todos los días por debajo de la puerta. Solo quedaba la nota para estorbar mi reingreso al planeta de los demás.

Y la caja de cartón azul, en el escritorio de la computadora.

La jarra de café amenazaba con un líquido de cierta edad, así que la ignoré. Me serví un vaso de agua, agarré el paquete de bizcochos, dejé ambas cosas en la mesa del living, junto al diario, y saqué de la heladera el frasco de mermelada de naranja. Me atraía más el atado de cigarrillos, pero resolví hacer un esfuerzo por no fumar antes del desayuno. Respiré todo lo hondo que pude y sonreí, recordando lo que había leído una vez: reír sin motivo, a propósito, ayuda a mejorar el ánimo.

Sobre la mesa había un ejemplar de Clarín del 29 de febrero. Semanas después de su aparición, ese ejemplar seguía sobreviviendo. Me gustaba conservarlo: era igual a todos los otros números de Clarín, repetidos día a día sin mayores variantes, pero la vejez le daba un encanto especial: me divertía comprobar los contrastes en aumento entre la realidad de ese diario y el presente, visibles sobre todo en la sección meteorológica.

Como siempre, me tentó más la reliquia del 29 de febrero que el montón de papel recién procesado en la imprenta. Sentado ante el desayuno, estudié las noticias que conocía, las mismas que se habían repetido día a día, sobre mi mesa, descripciones de un mundo más monótono y a la vez más consistente. “Emotivo empate de Ríver con Español”, decía un titular, al pie de la primera plana: era uno de los pocos misterios que me quedaban por develar en ese ejemplar amarillento. Mientras comía un par de bizcochos ya untados con mermelada me entretuve leyendo la lista de farmacias de turno. Todo valía para no volver a pensar en la nota del placard, para olvidar la caja de cartón azul. Luego, por fin, encendí un cigarrillo.

Un movimiento involuntario del brazo consiguió que la luz diera de tal modo en el reloj que su reflejo me hirió los ojos. Óptica: materia compleja. Eran las diez y cinco. Había pasado la hora anunciada en la nota del placard, y yo sin darme cuenta. Pero hacía falta más para tranquilizarme: comprendí que la nota no se refería a las diez de la mañana, sino a las diez de la noche.

—Queda mucho tiempo —pensé. Y enseguida—: ¿Mucho tiempo para qué?

Fue en ese momento que decidí no ir a trabajar. La situación era lo bastante insólita como para llamarla emergencia. Tenía derecho a emplear el día en averiguaciones sobre la nota del placard, en prepararme para lo que fuera a ocurrir a las diez de la noche, en pensar otras cosas que las cosas artificiales y ajenas del trabajo. Sin embargo, el razonamiento que me llevó a decidirlo no anduvo por esos caminos, sino por otros más tortuosos: era demasiado temprano para ir a trabajar, pero yo tenía ganas de salir ya mismo del departamento, y no tenía sentido ir a trabajar a esa hora; entonces debía salir en otra dirección, con lo cual gastaría la única salida matinal que soportaban mis fuerzas; por lo tanto, no me quedaría ocasión de salir para ir a trabajar. En cuanto a las ganas de irme, se debían a una sensación creciente de que el departamento nos quedaba chico, a la nota y a mí; uno de los dos sobraba, y era yo quien necesitaba aire, era yo quien encontraba demasiado estrecho el sitio para tanta necesidad de explotar.

Dejé en el cenicero el cigarrillo encendido, cerré el diario del 29 de febrero, lo apilé sobre el nuevo y volví al dormitorio. Los restos del desayuno quedaron en la mesa, como signos de un pequeño combate. El mismo policía de antes sufrió otra vez el disparo de su reflejo condicionado y tocó silbato; alguien, a bordo de un auto, aprendió algo nuevo. En tanto, indiferente a todo, la construcción de enfrente, casi vecina a la comisaría, emitía martillazos y ruidos confusos, de radio mal sintonizada.

Me vestí sin mirar la nota del placard, eligiendo ropa no del todo limpia pero tampoco sucia, adecuada para faltar al trabajo. No pude evitar un roce con el alfiler cuando abrí la puerta corrediza para sacar una camisa, y un segundo roce al cerrarla. La nota se agitó con el movimiento, un aleteo en el borde de la percepción; me gustó someterla a ese tímido maltrato.

Como de costumbre, los dolores del despertar habían desaparecido. Quedaba apenas una molestia en la nuca, debida tal vez al cansancio de la vista y al hecho un poco absurdo de que el centro visual esté allá atrás, en la retaguardia del cerebro. Hice una inspección rápida por el departamento y dejé todo como estaba. Agarré los cigarrillos, me aseguré de tener los documentos conmigo y salí al balcón para observar el lado de afuera de las cosas.

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