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Libro objeto de Eduardo Abel Gimenez

Relatos breves envasados en un frasco. Cada frasco tiene una etiqueta diferente. Edición artesanal.

Del diario La Nación, por Natalia Blanc: "A simple vista parecen golosinas. Son tiras de colores plegadas y vienen en un frasco de mermelada. Al destapar el envase irrumpe la sorpresa: son veintitrés microcuentos escritos por un gran autor argentino, Eduardo Abel Giménez . Inquietantes, fantásticos, algunos muy breves, los relatos están dirigidos a todos los lectores".

Dos microcuentos del interior del frasco:

"Pasó la lengua con suavidad por los labios de ella. Como ella sonreía, el placer duró un centímetro más a cada lado".

"Se levanta el telón. El escenario está a oscuras, mientras la platea sigue iluminada. Todos esperan. No pasa nada. A los pocos minutos arrancan las protestas. A la media hora la gente se empieza a ir. Hay gritos, insultos, silbidos. Piden que les devuelvan la plata de la entrada, pero no hay nadie del teatro. Desaparecieron los acomodadores, los boleteros, el personal de seguridad. Llaman a la policía y viene un par de patrulleros para sumar algo de ruido. Intervienen un juez, que termina clausurando la sala, y varios periodistas, que hacen preguntas y toman fotos. Más tarde quedan algunos curiosos, pero ya no hay nada que hacer en el lugar. Cuando los últimos se van, los verdaderos espectadores aplauden sin entusiasmo".

23 microcuentos

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Libro objeto de Eduardo Abel Gimenez

Relatos breves envasados en un frasco. Cada frasco tiene una etiqueta diferente. Edición artesanal.

Del diario La Nación, por Natalia Blanc: "A simple vista parecen golosinas. Son tiras de colores plegadas y vienen en un frasco de mermelada. Al destapar el envase irrumpe la sorpresa: son veintitrés microcuentos escritos por un gran autor argentino, Eduardo Abel Giménez . Inquietantes, fantásticos, algunos muy breves, los relatos están dirigidos a todos los lectores".

Dos microcuentos del interior del frasco:

"Pasó la lengua con suavidad por los labios de ella. Como ella sonreía, el placer duró un centímetro más a cada lado".

"Se levanta el telón. El escenario está a oscuras, mientras la platea sigue iluminada. Todos esperan. No pasa nada. A los pocos minutos arrancan las protestas. A la media hora la gente se empieza a ir. Hay gritos, insultos, silbidos. Piden que les devuelvan la plata de la entrada, pero no hay nadie del teatro. Desaparecieron los acomodadores, los boleteros, el personal de seguridad. Llaman a la policía y viene un par de patrulleros para sumar algo de ruido. Intervienen un juez, que termina clausurando la sala, y varios periodistas, que hacen preguntas y toman fotos. Más tarde quedan algunos curiosos, pero ya no hay nada que hacer en el lugar. Cuando los últimos se van, los verdaderos espectadores aplauden sin entusiasmo".

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